El Cascarrabias

En la vida civil no digo tacos, soy muy amable, mantengo la ética y el estilo hasta límites rayanos con la estupidez. Es el momento en que necesito desfogarme. Así, nace el gran cascarrabias. El gran cascarrabias o de como la vida moderna nos hace decir tonterias. Estas son las mias, dichas para mi mismo. Si te gustan, de acuerdo. Si no, pues tambien. Y si me insultas, tu más. Hago mia la frase de W.C. Fields: "Dicen que soy xenófobo. Se equivocan: odio por igual a todo el mundo"

lunes, 23 de febrero de 2015

Hablaba con muertos. Una tontería con poderes





- Me gusta con la leche fría

El ya sabía cómo tomaba el café Penélope. Se lo había dicho su abuela. 

Esto no parece nada extraordinario, pero sin embargo lo era. Lo era, porque la abuela de Penélope llevaba cinco años muerta y él nunca la había conocido. Y es que Blas hablaba con los muertos.
Esa es una facultad que no todos los seres humanos tienen, pero no era Blas un caso único en la historia. Por lo que había averiguado, a lo largo de los siglos habían existido unas veinte personas con su mismo poder. De hecho había hablado con ellos. El último, Hernán, un médico español que ejerció en Perú en el siglo XVIII. La inmensa mayoría había aprovechado su ventaja para ganarse la vida, como magos, brujos, videntes, mediums o, como Hernán, para apoyar sus conocimientos. Nada como rastrear a todos los antepasados de un paciente para tener una idea clara de lo que su cuerpo lleva dentro.

Blas no. Blas era un tipo normal, que sobrellevaba como una carga el asunto, mientras levantaba a diario la persiana metálica de su comercio en un barrio popular de Madrid.

Fue en la adolescencia cuando empezó a descubrir síntomas de que él no era normal. Al principio, pensó que estaba loco, pero poco a poco, sobre todo conforme fue hablando con sus antecesores en ese particularísimo don, fue aprendiendo a convivir con él. Supo que tenía sus limitaciones, la mayor, que no podía hablar con muertos a los que en vida hubiera conocido, y aprendió a usarlo. Supo que podía concentrarse en un nombre para que acudiera a hablar con él inmediatamente y, por otra parte, imprescindible para no volverse loco, podía ignorarlos, no escucharlos ni ver a nadie si no lo deseaba.
De otra manera sería insufrible. En los primeros días, cuando no sabía cómo controlarse, las calles parecían repletas de manifestantes. Los muertos deambulaban por la calle, y muchos de ellos le decían cosas, llegando casi a enloquecerle. Hasta que los, como él decía, apagó.

En el momento en que sus maestros, los antiguos poseedores de su mismo poder, contactaron con él, su autocontrol aumentó. Aprendió mucho de lo que le contaron; algunas cosas ya las había ido descubriendo él,  como que podía hablar con ellos simplemente pensando, de forma que quienes le rodeaban no se dieran cuenta y así no le tomaran por loco; otras le sorprendieron, como el hecho de que nunca, bajo ninguna circunstancia, podían mentirle. Estaban obligados a contestar todo lo que él preguntaba y siempre con verdades.

Claro que para él, nunca había hecho un gran uso de esto. Haciendo algún examen de la carrera si había invocado a varios catedráticos muertos para que le ayudaran, cuando quería ligar con una chica, nada mejor que hablar con sus abuelos o familiares muertos para que le dieran pistas de sus gustos... pero nada más.

Blas era, en el fondo, un tipo honrado. Ni quería abusar. De hecho en un par de meses, sólo había hablado con los abuelos de Penelope, esa rubia macizorra que atendía en la tienda de telefonía que estaba al lado de la suya y a la que esperaba siempre para asaltar en el café.

Claro que todo tiene siempre algún punto de inflexión. Y esa mañana tranquila y soleada del frio mes de febrero fue cuando llegó.

Apenas se había sentado al lado de Penélope y dudaba sobre si invitarle a unas torrijas, que según sus abuelos era su comida favorita, o esperar un poco más para iniciar el ataque, la tele del bar dejó de vomitar el sempiterno programa donde se dan regímenes y remedios contra el reuma para dar paso a un notición. Paco, el dueño del bar subió la voz y todos asistieron atónitos a la noticia del año. El locutor, con cara de circunstancia y seguro que maldiciendo en su fuero interno que el enviado todavía no diera señal desde el lugar de los hechos, desgranaba ante la cámara los acontecimientos.
Hacía escasos minutos que, simultáneamente, las estaciones de Gran Vía, Goya, Diego de León, Colón y, lo más terrible, Sol, habían implosionado. Nadie podía hacer ni un cálculo del número de muertos, ni de los daños materiales. Cuando empezaron a aparecer imágenes, muchas de ellas desde los teléfonos de los particulares los socavones  aún cubiertos de nubes de polvo parecían producto de un bombardeo. No, de muchos bombardeos consecutivos. La destrucción era total. Incluso algunas fincas se habían derrumbado en los alrededores. Las cargas explosivas debían ser grandísimas.
Inmediatamente empezó el desfile de políticos por la pequeña pantalla. El presidente del gobierno, el ministro del interior, el líder de la oposición, representantes de sindicatos, presidentes de comunidades autónomas... todos con un mensaje no por esperado menos repetido: condena unánime de la violencia y deseo de localizar pronto a los responsables. 

Pronto se señaló a los responsables: se trataba de una presentación en sociedad de un grupo terrorista nuevo y desconocido para el gran público. Se hacían llamar los Oscuros y aún no habían hecho ninguna declaración de intenciones. Según el ministro de turno, tan pronto podrían ser de extrema izquierda, de extrema derecha o yihaidistas. Todos los medios de  las fuerzas de seguridad del estado estaban dedicados en cuerpo y alma a descubrir quiénes eran y, sobre todo, donde estaban. Los representantes del arco parlamentario, en bloque, dieron su apoyo al gobierno. 

En los días siguientes ese apoyo se materializó en la aprobación de unas cuantas leyes que a pie de calle parecían excesivas pero que, si nadie en ningún partido o sindicato decía nada en contra, debía ser algo positivo. Control de las comunicaciones, prohibición de movimientos extremistas, incluida la divulgación de sus ideas, toque de queda en las ciudades de más de cien mil habitantes, ampliación del alcance de los trabajos policiales, numerosos registros (que conllevaron muchas detenciones)…
Pero parecía normal. Blas, aprovechando una mañana soleada de domingo, quiso acercarse a ver el boquete de Sol, aún aislado con unas provisionales vallas de obras públicas. Y una vez allí… se le ocurrió. 

Empezó a hablar con los fallecidos aquel terrible día. Les preguntaba a todos lo que habían podido ver, si alguien había visto a los terroristas. Quizá descubriéndolos él pondría fin a todo, aunque sabía que se condenaría al revelar su secreto al estado. Se convertiría en una marioneta de los servicios secretos con suerte, cuando no, un animal de laboratorio. Pero tenía que acabar con esta situación.
Se sentó en una terraza cercana a tomar una cerveza y fue hablando uno por uno con la relación de muertos que salía precisamente ese día en la prensa como homenaje. Llevaba unos setenta sin poder saber más que la zona donde la mayor carga explotó, cuando alguien le dijo que vio a un tipo hurgando en una caja de metal, justo donde esa carga estaba. Tenía que ser uno de los terroristas.
Ese día no obtuvo más pistas. Pero él no necesitaba ir al lugar de los hechos o buscar a los testigos. Le bastaba con invocarlos y acudirían a su casa. Se marcó un plan de trabajo. Eran muchos los que hacían cola para responderle. Al quinto día, por fin, avanzó. Esa mañana vio en las noticias que homenajeaban a un par de policías muertos en los atentados,  supuestamente mientras estaban de servicio buscando a un ladrón. Se dijo que su visión profesional quizá hubiera captado alguna pista que al resto se le hubiera escapado. Decidió saltarse la lista de nombres y preguntarles a ellos en primer lugar.

Y lo hizo. Y se llevó la sorpresa de su vida. Cuando le preguntó a Ignacio Cutillas, subinspector, si sabía algo sobre quien puso la bomba, el muerto, en su obligación de no mentir, le contestó que él mismo las había puesto.

o O o

Blas necesitó levantarse para arrearse un copazo de coñac. Eso que acababa de oír era imposible ¿Infiltrados en la policía? ¡eso lo pondría todo mucho más difícil!

Desgraciadamente, conforme fue averiguando más cosas, descubrió que no se trataba de una infiltración. Las órdenes venían de arriba. 

Necesitaba saber más. Desde hacía años había tomado la costumbre de recortar las listas de muertos diarios que aparecen en los periódicos, y las esquelas. Buscó todos aquellos nombres de fallecidos en los últimos meses donde se hiciera referencia a su trabajo en la policía, ejército o algún ministerio. 58 desde principio de año. Empezaría ahora mismo.

Fue invocándolos. Solo dos sabían algo, cosas incompletas, pero que junto con lo que los dos policías muertos le contaban, daba para empezar el puzzle. Se encontraba con un golpe de estado encubierto. Los partidos, temiendo que diera un bandazo la situación por la incomodidad del pueblo, habían pactado perpetuarse. Un golpe blando, con una situación parecida a la que en México tenía el PRI, pero donde todos fueran el PRI. 

La duda que tenía era obvia: y él ¿qué podía hacer? Era muy tarde para pensar. Se acostaría y ya pensaría en algo.

o O o

Dio con ello. Se trataba de algo en realidad simple, de una sucesión de preguntas.

¿Quiénes eran los responsables de todo esto? Los políticos

¿Cómo hacer que los políticos dieran marcha atrás? Solo se le ocurrió un sistema. Expeditivo, pero eficaz: eliminándolos.

¿Cómo se puede eliminar a los políticos? Evitando su sistema de seguridad.

¿Cómo se pueden evitar los sistemas de seguridad? Conociendo sus puntos débiles.

Y él no los conocía, en absoluto. Pero tenía a su disposición los conocimientos de los mayores expertos de todos los tiempos, incluso de algunos que habían construido precisamente esos sistemas de seguridad.

Hizo funcionar sus poderes como nunca. Encontró muchísimo dinero, enterrado por gente que pensaba recuperarlo en vida pero que no llegó. Con ese dinero compró una gran parcela en las afueras. Allí fue escondiendo explosivos que estaban en lugares mal o nada custodiados, asesorado por sus anteriores responsables.

En principio, pensaba reclutar a gente usando sus poderes, convenciéndoles de que era un enviado o algo así, a fuerza de contarles cosas de su pasado gracias a sus familiares muertos. Pero lo juzgó muy peligroso. No podía contar con nadie. Tenía que dar un solo golpe, de una tacada. Necesitaba mucha suerte. Y la tuvo.

La tuvo porque uno de sus entrevistados fue un arquitecto, Sanchidrián, que estuvo a las órdenes de Suarez y de González, y éste, para sorpresa suya, respondió afirmativamente a la pregunta: ¿se puede volar por los aires el Congreso de los Diputados sin riesgo para el atacante?

Sanchidrián le contó que, tras el 23-F, para prevenir, se creó una salida secreta, que comunicaba con el alcantarillado. Aprovechando unas reformas,  desde un servicio se abría una compuerta que comunicaba con una pequeña sala, que daba capacidad para unas 50 personas, y ésta daba a la red de alcantarillado, pasando dos kilómetros por bajo el tráfico de la ciudad. Esa salita y el túnel era sólo conocida por los presidentes de gobierno, el jefe de seguridad del hemiciclo y pocas personas más. Luego, cuando Zapatero gobernaba, aprovechando otras reformas, viendo que otro golpe era improbable y que quedaría patético ver salir como ratas a los políticos de las alcantarillas, ordenó sellarlo. A Sanchidrián no le constaba como se hizo. Pero daba igual. Poco le costó encontrar a uno de los obreros que lo habían cerrado, muerto por pulmonía un par de años atrás. Le habló de una compuerta metálica sobre la que simplemente pusieron baldosas encima.

Le ayudó a dibujar un plano exacto del túnel. En una de sus curvas pasaba a medio metro de un local que estaba a la venta, a poco de la salida que comunicaba con el alcantarillado.

Compró el local. Pidió licencia de obras y cuando el suelo estaba levantado, ordenando a los obreros que buscaran humedades, pretextó quedarse de momento sin presupuesto, para dejar aquello supuestamente paralizado.

Les dijo a los vecinos que él mismo iría poco a poco acabando. Así que nadie se extrañó de oír máquinas trabajando, con la puerta cerrada, ni de ver entrar material de construcción. Claro que si supieran que esos palés en realidad estaban llenos de explosivos, quizá su intranquilidad hubiera subido.

En pocos días comunicó con el túnel. Lo exploró y vio que la salita estaba intacta. La puerta le daba igual, no pensaba abrirla. Le costó poco atiborrar la salita de explosivos. Con ayuda de sus amigos muertos, construyó un dispositivo para explotar de forma inalámbrica, que comprobó funcionaba desde la acera de enfrente de la Carrera de San Jerónimo. Bingo.

o O o

Las noticias hablaban de un cambio en la ley electoral. Cada vez olía peor. La gente no protestaba porque, no solo estaba prohibido, sino que la policía tenía poco aguante par con los inconformistas. El próximo martes sería el día en que todo cambiaría. Para siempre.

Blas sonrió. Sí. Cambiaría para siempre. Se preguntaba donde edificarían un nuevo Congreso.

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