El Cascarrabias

En la vida civil no digo tacos, soy muy amable, mantengo la ética y el estilo hasta límites rayanos con la estupidez. Es el momento en que necesito desfogarme. Así, nace el gran cascarrabias. El gran cascarrabias o de como la vida moderna nos hace decir tonterias. Estas son las mias, dichas para mi mismo. Si te gustan, de acuerdo. Si no, pues tambien. Y si me insultas, tu más. Hago mia la frase de W.C. Fields: "Dicen que soy xenófobo. Se equivocan: odio por igual a todo el mundo"

jueves, 1 de diciembre de 2016

El país de los espejos




El país de los espejos

Cuento de ciencia ficción inspirado en una idea de mi hijo Luis.

Muchos de ustedes no conocerán Estrobia. Es un país tan pequeño, que casi no debería aparecer en el mapa. Y dadas las características de su presidente, las grandes potencias han hecho todo lo posible para ocultar su existencia a la humanidad. Lo que por otra parte, es del agrado de los estrobianos.
Fermín Sponsky, el viejo Doctor Fermín, como a su pueblo le gusta llamarle, es su presidente vitalicio. Presidente desde 1945. Fermín sabe que sus días se acaban y que, si Dios no lo remedia, poco después de su muerte su pueblo será engullido por algún estado fronterizo.
Pero conviene que hagamos un poco de historia. De la historia buena, la que no viene en los manuales, la que no registran los libros: la que ocurrió de verdad y molesta a los poderosos. Lo que provoca que usted desconozca el pueblo de Estrobia, que la gente de la calle ignore su existencia, pero que sin embargo preocupe a toda la clase dirigente.
Viajemos al pasado. A la segunda guerra mundial. Y encontrémonos allí con un joven Fermín. Durante el conflicto, dado lo escarpado del terreno, el pequeño Condado de Estrobia se había mantenido al margen. Estrobia no tenía materias primas de interés, no ocupaba un enclave estratégico, su economía era eminentemente agrícola... nada, absolutamente nada le interesaba ni al eje ni a los aliados. Se cortaron, si, las importaciones y las exportaciones, si a tanto queremos elevar las entradas y salidas de mercancías y productos del campo que los carros de bueyes hacían llegar, tras un trabajoso viaje a través de las montañas.
Estrobia era un condado, si, pero sin conde. El último Conde de Estrobia había muerto sin descendencia en 1925, en un accidente de automóvil. El Hispano Suiza que Alfonso XIII le regaló se estampó en Niza. Desde entonces, un consejo rector, del que formaba parte el padre de Fermín, como boticario del condado (los otros miembros eran el jefe de policía, el médico, el maestro y el párroco) gobernaba a las casi mil almas que estaban encajadas en ese extraño valle de los Balcanes.
La guerra iba desarrollándose sin molestar apenas a los estrobianos. Veían algún avión sobrevolarles, pero poco más. Hasta aquel día. El día del espejo.
Aun no quería despertar la primavera de 1945. Las noticias, que escuchaban desde la radio del jefe de policía, dejaban claro que el eje se desmoronaba. El triunfo de los aliados se daba por seguro. Hacía tiempo que ni esos aviones que como única muestra bélica firmaban el cielo de sus casas aparecían ya. Los miembros del consejo esperaban que pronto pasara todo y rogaban por permanecer tan indemnes como durante toda la guerra. Hasta que se abrió la puerta, y entró Fermín con unos desconocidos.
- Padre, tiene que escuchar a esta gente.
Los recién llegados vestían andrajosos uniformes feldgrau. Con rasguños y el hambre marcada en sus caras, esperaban de forma respetuosa en la puerta.
Y contaron su historia. Eran soldados del ejército alemán, cuyos jefes se habían rendido y que se negaban a entregarse a los rusos. Contaron las atrocidades que les vieron hacer. Las violaciones hasta de niñas y ancianas. El saqueo, el robo a todos los niveles. La tierra quemada.
Mientras Fermín les preparaba un macuto con comida, tal y como les había prometido si le contaba a su padre y sus amigos lo que a él le contaron antes, cuando bebiendo unos vasos de leche recién ordeñada que les ofreció Fermín le describieron el infierno, el consejo debatió sus opciones, que eran pocas o ninguna. Y Fermín pensaba, pensaba. Y rezaba. ¡Nada podía hacer él! Un chaval enclenque. Casi un niño.
Despidió a los solados, indicándoles un paso de montaña que les ahorraba miradas indiscretas, y se fue a su habitación. Y entonces ocurrió.
Nunca supo si fue un milagro o si era un don que siempre tuvo con él, como en esos tebeos que de los Estados Unidos de América le mandaba al maestro antes de la guerra su hermano, emigrante en Nueva York, para los chicos del pueblo, pero podía hacer cosas extraordinarias.
Mirándose a sí mismo en el espejo, descubrió que no estaba solo, se veía a un señor. Pero cuando se giró, la habitación no mostraba a nadie. Volvió a mirar el espejo y allí estaba. Acercó la mano y, con un susto increíble, se dio cuenta de que podía tocarlo. Le cogió la mano y empujó hacia sí. Lo sacó del espejo. Le preguntó que quien era, de donde venía... y no tardó en darse cuenta de que era su propio abuelo, o mejor dicho, una imagen de cómo había sido su abuelo en 1895.
Tras la conmoción de los primeros momentos, Fermín fue experimentando. Y descubrió pronto el alcance de su poder. Era capaz de sacar a personas que se hubieran reflejado en los espejos, con tan solo pensar en ellos, de forma consciente o inconsciente. Harían todo lo que les pidiera, aunque su imagen especular solo viviría esa vida falsa veinticuatro horas. Después se desvanecerían. Podía sacar cuantas copias quisiera de la misma persona, de una en una o muchas a la vez, y ninguna guardaba recuerdo de que había pasado con la anterior. Podía sacar personas que ya hubieran fallecido, o personas vivas, excepto él mismo. Y si una de ellas moría antes de que pasaran las veinticuatro horas no pasaba absolutamente nada. Su cuerpo se desvanecía, sin más. Lo más importante de todo: los reflejos le obedecían ciegamente, ordenara lo que ordenara, excepto lastimarle a él mismo.
La solución era obvia. Durante una semana fue practicando a solas, sin decir nada ni siquiera a su padre. Y cuando pasó el tiempo, ya con los rusos subiendo por la montaña, como los vigilantes que el consejo había apostado advirtieron, Fermín llamó a su padre y le contó su plan. Le costó poco asumir que su hijo no estaba loco. Fermín sacó tres copias de su padre, una tal y como era en ese momento, otra tal y como fue a los 40 años y otra de niño. Ese espejo había estado en la familia desde siempre. Su padre, sin tiempo para la reacción, le dio el visto bueno. Fermín sacó de cuantos espejos encontró en el pueblo a muchos, muchos hombres. Los más fornidos habitantes del pueblo, desde que en el pueblo hubo espejos, multiplicados por veinte, por cien. En dos horas ya había preparado un ejército de dos mil personas. No tenían armas, pero daba igual. Conforme pudieran ir matando rusos, tomarían sus armas.
Así se libró Estrobia.
Durante los primeros meses de posguerra, la confusión le permitió hacer un buen acopio no solo de armas, sino de artefactos bélicos. Sus reflejos enviados a lo largo del mundo (del mundo que podían alcanzar en veinticuatro horas, claro) hicieron llegar a determinados e importantes sabios invitaciones para residir en Estrobia. Y algunos aceptaron. Aceptaron aquellos que escapaban del hundimiento alemán, y aquellos que lo hacían del infierno ruso. Y con esos cerebros y la ayuda de los espejos, Estrobia se convirtió en algo inexpugnable.
En los años 60 un pacto secreto entre la URSS y EE.UU. quiso acabar con Estrobia de forma discreta. Fue una suerte que en ese momento el desarrollo de la televisión potenció el poder de Fermín: podía sacar personas de cualquier aparato de televisión del mundo, con tal de que él estuviera viendo el mismo canal. Y sus sabios le ayudaron a adelantarse décadas a la televisión por satélite. Enterado de lo que le venía encima, aquellos líderes que quisieron acabar con Fermín fueron ejecutados por los más sorprendentes personajes: vaqueros, gangsters o mascotas de programas infantiles. Fermín se hizo inexpugnable, y con él, Estrobia.
Pero ahora, con un Fermín decrépito, a punto de marchar en la barca de Caronte, temía por Estrobia. Así que tomó una decisión: la única manera de que el mundo no dominara Estrobia... era que Estrobia dominara el mundo.
Muchos de ustedes no conocerán Estrobia. Pero pronto, lo sabrán todo de ella.


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